En una época pre-electoral como esta, nuevamente un gran porcentaje de los ciudadanos se enfrasca en conjeturaciones sobre lo que nos deparará el futuro e increíblemente cada uno de ellos parecer haber finalmente logrado tener la idea clara de cómo deberían ser la cosas en este país. Aunque este ejercicio intelectual siempre es bueno, generalmente sólo queda en un inútil gasto de tiempo puesto que, así se elabore el mejor plan, estas cosas están fuera del control de la mayoría de personas.
Sin embargo, no ocurre así cuando hablamos de cosas que sí podemos controlar. Una de ellas es nuestro propio gobierno. No me refiero al estado o al sistema electoral, aunque está relacionado. Las personas, al hacer estas conjeturas, culpan al gobierno y las autoridades que ellos mismos eligieron de las acciones que han tomado incluso cuando todos tenían indicios de ciertos patrones de conducta previos a su elección. Culpamos al gobierno de los problemas que ocurren con personas que firmando un contrato privado dejaron su país. Culpamos a nuestras autoridades por subirse el sueldo, cuando un policía gana cerca del 10% de éste. En fin, culpamos de todo, aunque lamentablemente lo que en realidad no hacemos más que mirar la viga en el ojo ajeno.
En la pasada CADE Leon Trahtemberg nos explica que existe una relación estrecha entre los colegios con un sistema vertical y autoritario (donde los obligan a marchar, copiar, escuchar y no preguntar) y los electores sumisos que luego son los que deciden el futuro político del país. Esto, dice Trahtemberg, crea lectores sin capacidad de análisis ni reflexión que luego emiten votos basados en la emoción (obtenida de la TV y algunos titulares de medios) antes que en la razón y en la confrontación de ideas. Pueden encontrar más sobre esta disertación en el blog de Juan Carlos Luján.
Si bien la democracia nos ha otorgado la posibilidad de libre elección, lo cual no
necesariamente es así (léase voto obligatorio), también es cierto que ésta puede
fácilmente incurrir en los vicios de los que habla Leon. Esto es, ser la tiranía
de la masa. Pero esto no es necesariamente culpa de la democracia, sino probablemente
este más relacionada con los métodos de elección y precisamente existen alternativas
bastante reales para evitar estos vicios.
Condorcet es una de ellas, creo que la más viable sobre
todo para medios como los nuestros. Este es un sistema basado en la asignación de
valor a cada candidato, y donde precisamente no gana quien tenga más puntos a favor.
El asunto radica en que es un poco difícil, de explicar y comprender, y en medios
como el nuestro la labor se incrementa mucho más. Pero nos evitaría, en gran manera
tener en cada periodo a alguien que obtuvo 35% de votos de personas que en 2 años
se quejarán de lo mal que va el gobierno pero que en la campaña recibieron alegremente
la promesa de más trabajo, aumento de sueldos al 100%, el regalito de la bolsa de
víveres o el puesto en alguna entidad estatal por ser «del partido».
En APESOL y Debian utilizamos este método y creo que se ha tenido buenos resultados.
Volviendo al problema, creo que cada uno de nosotros está en posibilidad de decir
No cuando tengamos que decirlo y además poner de nuestra parte para mejorar la
situación de la educación, no me refiero a ir a la escuela, sino a la formación
personal de cada uno que es diferente. Probablemente el gran porcentaje de los
ciudadanos haya terminado la secundaria, pero ¿tienen formación personal?, ¿son
manipulables?.
No pretendo dar alguna solución o receta mágica pues los problemas sociales del
país son bastante complejos para solucionarlos con una sola decisión. Pero si
creo que esta en cada uno de nosotros el ayudar y ampliar nuestra formación y
a su vez la de las personas que no la tienen por diversas razones. Se puede
con el ejemplo, compartiendo ideas, ayudando a desarrollar la capacidad de
análisis y crítica, mucho mejor si es sobre nuestras propias acciones y decisiones.
Es decir que ese alguien que nos gobierne seamos nosotros mismos.